El fin del mundo y un posible mesías

Erick Sepúlveda

De un tiempo para acá tomar nuestro celular y enterarnos de una nueva catástrofe en el mundo se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad. Los pequeños iconos en forma de campana de las redes sociales se han transformado en las del apocalipsis. Las catástrofes que anuncian son muy variadas: económicas, el desplome de la bolsa de valores que en cuestión de segundos lleva a la ruina a millones de personas; humanitarias, centenares de migrantes que al huir de una guerra naufragan en su intento por llegar a otro país, y, desde luego, ecológicas, el océano en llamas.

El fin del mundo llega hasta nuestras pantallas en pequeñas dosis para que podamos digerirlo mejor. Videos de tan sólo un minuto donde el fuego consume cientos de hectáreas de bosque, o un huracán arrasa con todo a su paso, o donde una nevada sepulta a una ciudad por completo. A pesar de lo impresionante de estas imágenes -sólo comparable con la estupidez de quienes afirman con toda seguridad que las temperaturas bajo cero refutan el calentamiento global- basta con deslizar el dedo hacia arriba para olvidarnos de ellas.

Otra irrupción del fin del mundo en nuestro día a día es en forma de grandes cifras, las cuales resultan más difíciles de procesar. Pero para que la tarea sea más sencilla por lo general se nos comunican en forma de nuevos récords mundiales: “El año más caluroso…”, “El año más frío…”, “La peor inundación de la que se tenga registro”. Estos grandes titulares de los noticieros nos hacen sentir que más que en el fin del mundo por momentos parece que estamos ante los Juegos Olímpicos de las Catástrofes Naturales. Hemos normalizado que así como año con año los deportistas imponen records mundiales en sus disciplinas, la naturaleza haga lo propio -sin importar que detrás de cada nueva marca esté el dopaje del capitalismo.

Entre los datos más impactantes que nos ha dejado la actual colapsología está el que afirma que si todas las personas del mundo adoptáramos el American way of life necesitaríamos cinco planetas para satisfacer nuestras necesidades. Y aunque cualquiera puede tomar la calculadora y corroborar que “las cuentas no dan”, aquí estamos, decididos a corroborarlo de manera empírica, sin importar que se nos vaya la vida en ello.

“¿Qué hacer?” siempre es la pregunta que se abre ante todo gran problema, y este caso no es la excepción. El calentamiento del planeta amenaza con poner fin al mundo tal y como lo conocemos. Ante esta situación un sector está interesado en convertir en sentido común que no hay solución posible y repite con insistencia que “ningún esfuerzo es suficiente”, “los daños son tan grandes, que no hay acción humana capaz de revertirlos”. Otro sector nos invita a tomar la situación con optimismo, a emprender una huída hacia adelante y explorar la posibilidad de vivir en otros planetas o aprovechar el derretimiento de los polos con la esperanza de encontrar nuevos yacimientos de petróleo.

Respuestas como estas son perfectamente coherentes con el tipo de lógica que nos ha traído hasta aquí. Es probable que para obtener respuestas diferentes primero sea necesario escapar de esa lógica, buscar nuevas referencias o, incluso, invertir la cuestión y preguntarnos: “¿Qué no hacer?”. Enfatizando toda la ambigüedad y negatividad contenida en el no.

Creo que la siguiente anécdota ilustra lo que ese no expresa: hace ya varias décadas ocurrió un problema cuando en una región olvidada del país se instaló la primera antena para hacer llegar señal televisión. Como es fácil imaginar, ese hecho representó todo un acontecimiento y como tal cambió los hábitos de las comunidades que ahora tenían acceso a esta nueva distracción. En especial se vieron transformados los hábitos de sueño. Ahora las personas permanecían despiertas hasta más tarde de lo acostumbrado.

Sin embargo, no todos se sentían conformes ni se adaptaban bien a estos cambios. Con frecuencia sucedía que en pleno clímax del noticiero o película en turno el encargado de operar la antena decidía apagarla e irse a dormir, dejando a los televidentes frente a unas barras de colores, un sonido horrible y como única opción seguir su ejemplo: ir a descansar. Tal vez personajes como este sean los únicos capaces de frenar el fin del mundo.